Un homenaje a Gabriela Pizarro realizado el 24 de octubre de 2024, organizado por la Sección Folklore de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y la destacada conducción de su hija Valentina Pavez Pizarro.
La actividad la presenta como una figura mayor del folklore chileno, junto a mujeres como Margot Loyola, Violeta Parra, María Greve, Raquel Barros y María Luisa Sepúlveda. El énfasis está puesto en una deuda de reconocimiento: Gabriela aparece como investigadora, cantora, recopiladora, maestra popular y defensora de la cultura tradicional chilena.
El homenaje reconstruye su vida desde la infancia, marcada por el contacto con la naturaleza, el mundo campesino y la influencia de cantoras populares como Elva González, su nana de Cañete. Esa experiencia temprana le abrió un camino de aprendizaje directo, no académico, vinculado con la oralidad, la guitarra, la fiesta, la religiosidad popular, los juegos infantiles, los romances y las tonadas.
Un momento central es su trabajo con Héctor Pavez, con quien fundó el Conjunto Millaray en 1958. Juntos realizaron una importante labor de recopilación de música y danzas en Chiloé, llevando al continente repertorios como la pericona, el cielito, la nave y otras formas tradicionales. La transcripción recalca que no se trató sólo de rescatar piezas musicales, sino de mostrar otra realidad social: la de los trabajadores, los campesinos y los sectores populares.
Gabriela Pizarro es presentada también como una mujer profundamente comprometida con su pueblo. Su canto aparece ligado a la Vega Central, a las poblaciones, a las ollas comunes, a la educación popular, a la resistencia cultural durante la dictadura y a la defensa de una identidad amenazada por la mercantilización y los medios masivos. Para ella, el folklore no era adorno ni espectáculo, sino una forma de memoria viva, solidaridad, trabajo, alegría y pertenencia.
El texto dedica especial atención al rol de las cantoras campesinas. Ellas son descritas como depositarias de saberes territoriales, familiares, religiosos y comunitarios. No sólo cantan: conocen su entorno, sus vecinos, sus plantas, sus comidas, sus rezos, sus fiestas y sus dolores. En esa línea, Gabriela aparece como puente entre la cantora tradicional y el escenario, entre la sabiduría popular y la enseñanza formal, entre la memoria rural y las nuevas generaciones.
También se subraya su dimensión ética. Quienes la recuerdan destacan su humildad, generosidad, valentía, dignidad, respeto por las cultoras y capacidad de enseñar desde el afecto. Patricia Chavarría resume una de las claves del legado de Gabriela: llegar al campo con honradez, humildad, amor y respeto. Esa frase condensa una idea fuerte del homenaje: la recopilación folklórica no debía ser extracción cultural, sino encuentro humano.
Hacia el final, el homenaje insiste en que su legado no está sólo en grabaciones, repertorios o publicaciones, sino en las personas que formó y en el “Chile profundo” donde su trabajo sigue vivo. Gabriela Pizarro queda retratada como una aprendedora de su pueblo, alguien que recibió la sabiduría popular, la transmitió a sus alumnos, la llevó al escenario y la vivió con vocación de maestra.
Idea central:
Gabriela Pizarro no fue sólo una intérprete del folklore chileno. Fue una mediadora entre memoria campesina, enseñanza, comunidad y resistencia cultural. Su obra defendió la cultura popular como una forma viva de identidad, dignidad y pertenencia.
La actividad completa la puede ver en el siguiente enlace: Homenaje a Gabriela Pizarro 2024
