El artículo “Naufragios ocurridos en las costas de Chiloé o en sus proximidades”, de Francisco J. Cavada, es una crónica histórica y marítima sobre los siniestros ocurridos en torno al archipiélago de Chiloé desde el siglo XVI hasta 1881. No es solo una lista de naufragios. Es también una reflexión moral, social y técnica sobre la vida marítima chilota, sus riesgos, sus carencias y su memoria trágica.

Cavada abre el texto explicando su propósito. Quiere complementar su obra anterior Chiloé y los Chilotes con una relación de los naufragios ocurridos en esas costas. Se apoya principalmente en la monografía de Francisco Vidal Gormaz, Algunos naufragios ocurridos en las costas de Chile, pero agrega datos recogidos por él entre antiguos vecinos y personas vinculadas al mar. Desde el inicio presenta las costas de Chiloé como un espacio peligroso, marcado por temporales, bajos, canales, rocas, mareas y escollos. Las llama, con tono dramático, una especie de “vasto cementerio” marítimo.

El artículo tiene una tesis clara: los naufragios no fueron simples fatalidades naturales. Muchos se explican por una combinación de temporales, impericia, falta de instrumentos, mal estado de las embarcaciones, ausencia de faros, desconocimiento de las mareas, sobrecarga y falta de vigilancia de las autoridades marítimas. Cavada insiste en que varias naves eran “canastos flotantes” y critica que se les permitiera navegar en malas condiciones. También lamenta la desaparición de la Escuela de Pilotines de Chiloé, pues considera que allí existía el mejor campo práctico para formar marinos capaces de enfrentar un mar difícil.

Otro punto fuerte es su crítica social. Cavada no mira el naufragio solo como accidente técnico. Lo ve como drama humano. Repite que muchos marineros eran padres pobres que salían al mar por necesidad. Su tono es religioso y compasivo. Pide recordar a los muertos y rezar por ellos. El naufragio aparece así como tragedia familiar, laboral y comunitaria. El texto no solo registra barcos perdidos. Registra vidas quebradas, hogares afectados y una cultura insular marcada por el riesgo marítimo.

La narración avanza cronológicamente. Parte con el llamado “Galeón de Alvarado”, hacia 1555, que Cavada considera tal vez el primer naufragio recordado en los anales del archipiélago. Luego menciona episodios del siglo XVII, como una nave salida de Chacao hacia Valdivia en 1630, cuyo naufragio habría causado la muerte de 160 personas. También recuerda el terremoto de Carelmapu de 1633 y sus efectos sobre embarcaciones ancladas.

En el siglo XVIII aparecen varios casos ligados al comercio del Perú, al real situado, a fragatas, paquebotes y piraguas. Entre ellos destacan Nuestra Señora de la Encarnación, Nuestra Señora de los Dolores, San Rafael, Tránsito, Nuestra Señora de Balbanera, Real Francisco y Nuestra Señora del Tránsito. En estos relatos se repiten varios factores: errores de pilotaje, mal tiempo, rocas peligrosas, pérdida de timón, corrientes y desconocimiento exacto de la costa. El canal de Chacao y la roca de Remolinos adquieren una presencia casi simbólica como lugares de especial peligro.

El siglo XIX ocupa la mayor parte del artículo. Allí se acumulan siniestros de goletas, balandras, bergantines, barcas, fragatas y vapores. Cavada menciona naves chilenas, peruanas, británicas, francesas, alemanas, estadounidenses, guatemaltecas, nicaragüenses, salvadoreñas y costarricenses. Esto revela una vida marítima intensa en Chiloé, mucho más conectada al comercio internacional de lo que una mirada simple podría suponer. Ancud aparece como centro de tráfico, reparación, auxilio y memoria de estos desastres.

Entre los casos más llamativos está el del Tiber, barco inglés destruido en Ancud en 1832 por la explosión de un cargamento de pólvora, con muerte del capitán, el piloto y varios tripulantes. También destaca la Isabela, fragata ballenera estadounidense naufragada en 1850 en la costa occidental de la Isla Grande, con una historia compleja de botes, hambre y sobrevivientes dispersos. Otro episodio especialmente duro es el de un bergantín chileno hacia 1850, cuyos náufragos habrían sido asesinados y despojados en Pangueguapi. Cavada se detiene allí para defender la honra chilota, atribuyendo el crimen a un individuo venido del norte y no al carácter de los isleños.

El artículo también muestra el desarrollo de la navegación a vapor. El Prince of Wales, vapor de la Compañía Inglesa de Navegación a Vapor por el Pacífico, naufragó en 1859 en el canal de Chacao tras chocar con una roca. Más tarde aparece El Valparaíso, vapor de fierro de la misma compañía, perdido en 1872 en las rocas de la isla Lagartija. Cavada usa este caso para subrayar la importancia de conocer las mareas y no confiar solo en la experiencia general del capitán.

Un tema repetido es mayo como mes temido. Cavada lo llama varias veces el mes funesto para Chiloé. En ese período se concentran temporales y naufragios. Pero el problema no se reduce al clima. El autor insiste en fallas humanas y estructurales: barcos viejos, exceso de carga, pilotos rutinarios, falta de brújula, ausencia de faros y poca preparación para nadar. Incluso reclama que en un país con tanto litoral haya tan pocos que sepan nadar.

El texto tiene valor histórico porque mezcla estadística, memoria oral, literatura costumbrista y geografía marítima. No siempre entrega datos completos. El propio Cavada reconoce que muchos casos carecen de pormenores. Pero esa limitación también muestra el tipo de fuente: es una recopilación de memoria náutica, documentos previos y testimonios locales. Su valor no está solo en la precisión técnica, sino en la imagen amplia de Chiloé como territorio marítimo vulnerable, activo y profundamente marcado por la navegación.

Referencia

Cavada, F. J. (1925-1926). Naufragios ocurridos en las costas de Chiloé o en sus proximidades. Revista Chilena de Historia y Geografía N° 55 pp 211-254. https://www.schhg.cl/revista-tomo-li-n-55/