La serie de artículos “On the origins of astronomy” de los socios Patricio Bustamante y Juan Crocco, publicada en cinco entregas sucesivas de Pleistocene Coalition News entre enero y agosto de 2022, propone una tesis amplia sobre el origen de la astronomía. Su argumento central es que la astronomía no habría nacido solamente como una disciplina científica formal, ni siquiera como una práctica cultural humana, sino como una relación biológica mucho más antigua entre los seres vivos y los ciclos celestes. La astronomía moderna sería, desde esta perspectiva, la etapa más reciente de un proceso evolutivo que comienza en la vida misma, continúa con la conciencia simbólica de los homininos y se expresa luego en mitos, constelaciones, calendarios, cosmologías y sistemas científicos.

La primera etapa es definida como astronomía inherente. Con este concepto, los autores se refieren a la capacidad de los organismos vivos para responder a ciclos astronómicos, especialmente la alternancia entre luz y oscuridad y los cambios anuales de estación. Los ritmos circadianos muestran esta relación de manera clara, pues sincronizan funciones fisiológicas y conductuales en bacterias, plantas, animales y seres humanos. La astronomía, en este nivel, no consiste en mirar el cielo como objeto intelectual, sino en vivir dentro de ritmos determinados por la rotación terrestre, la radiación solar y la periodicidad ambiental. La navegación animal refuerza esta idea. Aves, insectos, escarabajos peloteros y abejas usan el Sol, las estrellas, la Vía Láctea o la luz polarizada para orientarse y comunicarse. Así, antes de ser conocimiento humano, la astronomía fue adaptación biológica.

La segunda etapa corresponde a la astronomía consciente. Los autores plantean que los homínidos y luego los humanos modernos no solo respondieron biológicamente a los ciclos celestes, sino que comenzaron a reconocer patrones, vincularlos con procesos terrestres y transmitirlos socialmente. Esta transición habría estado mediada por tres fenómenos psicológicos: pareidolia, apofenia e hierofanía. La pareidolia permite percibir figuras reconocibles en estímulos ambiguos, como grupos de estrellas o manchas oscuras de la Vía Láctea. La apofenia relaciona esas figuras con acontecimientos naturales, como migraciones, lluvias, reproducción animal o cosechas. La hierofanía otorga a esas asociaciones un carácter sagrado. A este conjunto los autores lo llaman Tríada PAH.

Desde esta hipótesis, las constelaciones no serían simples invenciones imaginativas. Serían recursos de memoria. Las figuras celestes permitían organizar información útil para la supervivencia y transmitirla mediante relatos orales, pinturas, marcas en hueso, piedra o madera, y otros soportes mnemotécnicos. El arte rupestre y los objetos portátiles habrían funcionado como ayudas para conservar ciclos astronómicos, calendarios simples y relaciones entre el cielo y la vida terrestre. En esta lectura, los primeros astrónomos practicaron una forma arcaica de ciencia, porque observaron, compararon, dedujeron, registraron y validaron colectivamente información relevante para resolver problemas concretos.

La serie ilustra esta idea con ejemplos paleolíticos. Uno de ellos es Lascaux, donde ciertos autores han interpretado la figura del uro como una representación vinculada a Tauro, las Pléyades y las Híades. Otro ejemplo es la relación entre constelaciones circumpolares, relatos de osos y cazadores, y la orientación hacia el polo celeste. Los autores no presentan estas hipótesis como demostraciones cerradas, sino como modelos interpretativos. Su valor está en mostrar cómo una figura celeste pudo transformarse en relato, calendario y experiencia sagrada.

La tercera etapa es la astronomía global. Aquí los autores amplían la escala y proponen que ciertos relatos estelares podrían tener raíces muy antiguas, difundidas por migraciones humanas y luego adaptadas localmente. El caso principal es la comparación entre tradiciones astronómicas australianas y sudamericanas. En ambas regiones se reconocen constelaciones formadas no solo por estrellas, sino también por manchas oscuras de la Vía Láctea. En Australia aparece el “Emú en el Cielo”, cuya cabeza corresponde al Saco de Carbón. En Sudamérica, pueblos del Chaco identifican allí al Ñandú celeste o Mañik. En los Andes, la constelación oscura de la llama, Yacana o Catuchillay, ocupa una zona semejante entre Centauro y Escorpio. Entre pueblos mapuche y tehuelche aparecen fragmentos de tradiciones sobre guanacos, ñandúes y la Cruz del Sur.

La semejanza entre estas figuras lleva a los autores a plantear una hipótesis fuerte: los relatos estelares australianos y sudamericanos podrían conservar restos de una tradición común muy antigua. La propuesta se conecta con discusiones sobre migraciones pleistocénicas, contactos transpacíficos y posibles componentes australasianos en algunas poblaciones sudamericanas. Esta es la parte más especulativa del argumento. La similitud simbólica por sí sola no prueba contacto migratorio directo. Para validar esa hipótesis harían falta evidencias arqueológicas, genéticas, cronológicas y náuticas convergentes. Aun así, la comparación es sugerente, porque muestra que distintas culturas del hemisferio sur identificaron animales grandes y culturalmente importantes en la misma región oscura de la Vía Láctea.

La última entrega examina los orígenes de la astronomía occidental. Los autores sitúan las constelaciones familiares para Occidente en una tradición que pasa por Mesopotamia, Egipto, el mundo helenístico y la India. Los escribas babilónicos registraban fenómenos astronómicos desde el tercer milenio antes de Cristo, especialmente para predecir acontecimientos terrestres. Egipto aportó el sistema de decanos, usado para medir el tiempo nocturno. La tradición india, según los autores, pudo haber influido en el desarrollo de sistemas zodiacales y calendáricos, especialmente por el uso de 27 o 28 mansiones lunares y por referencias astronómicas contenidas en textos antiguos.

El aporte general de la serie está en proponer una historia larga de la astronomía. Primero, la vida responde a los ciclos del cielo. Después, la conciencia humana reconoce patrones y los convierte en memoria, relato y símbolo. Luego, las culturas sacralizan esos patrones y los integran a sus cosmologías. Finalmente, algunas sociedades transforman ese conocimiento en sistemas de observación, cálculo y predicción. La tesis es ambiciosa. Su fortaleza está en conectar biología, cognición, arqueología, mito y astronomía cultural.  La versión más sólida del argumento sería esta: los ciclos celestes moldearon la vida, influyeron en la conciencia humana y dieron origen a tradiciones astronómicas antiguas, algunas de las cuales muestran paralelos interculturales que merecen investigación comparativa rigurosa.

Referencias

Bustamante, P., & Crocco, J. (2022a). On the origins of astronomy, Part 1: Inherent astronomy: Celestial phenomena perception as an innate attribute of biological beings. Pleistocene Coalition News, 14(1), 11–13. PCN Issue 75, January-February 2022. https://pleistocenecoalition.com/newsletter/january-february2022.pdf

Bustamante, P., & Crocco, J. (2022b). On the origins of astronomy, Part 2a: Conscious astronomy: “PAH” and mnemonics; Origin of constellations and astronomical records, 1st half: The origins of archaeological knowledge. Pleistocene Coalition News, 14(2), 12–14. PCN Issue 76, March-April 2022. https://pleistocenecoalition.com/newsletter/march-april2022.pdf

Bustamante, P., & Crocco, J. (2022c). On the origins of astronomy, Part 2b: Conscious astronomy: “PAH” and mnemonics; Origin of constellations and astronomical records, 2nd half: Pareidolia, apophenia and hierophany. Pleistocene Coalition News, 14(2), 15–17. PCN Issue 76, March-April 2022. https://pleistocenecoalition.com/newsletter/march-april2022.pdf

Bustamante, P., & Crocco, J. (2022d). On the origins of astronomy, Part 3a: Global astronomy, Part 1: The South America-Australia link. Pleistocene Coalition News, 14(3), 12–15. PCN Issue 77, May-June 2022. https://pleistocenecoalition.com/newsletter/may-june2022.pdf

Bustamante, P., & Crocco, J. (2022e). On the origins of astronomy, Part 3b: Global astronomy, Part 2: The origins of Western astronomy. Pleistocene Coalition News, 14(4), 11–14. PCN Issue 78, July-August 2022. https://pleistocenecoalition.com/newsletter/july-august2022.pdf