Sarcófago llamado “de Alejandro”, Sidón

El artículo “Globalización y destino”, de nuestro socio Erwin Robertson Rodríguez, propone mirar la globalización contemporánea desde una perspectiva histórica, no sólo económica o tecnológica. Su tesis central es que la globalización no debe entenderse como un fenómeno totalmente nuevo, sino como una forma moderna de un problema más antiguo: la tensión entre una civilización que se expande con pretensiones universales y las culturas concretas que conservan su singularidad histórica.

Robertson compara la globalización actual con la civilización helenística, surgida tras las conquistas de Alejandro Magno. En ambos casos aparece una expansión cultural, política y económica que tiende a crear un mundo común. En el helenismo, esa expansión incluyó una lengua compartida, la circulación de ideas, el comercio, la formación de grandes Estados y una cultura cosmopolita. Algo semejante ocurre en la globalización moderna, aunque ahora impulsada por mercados, comunicaciones planetarias, tecnología y modelos económicos occidentales.

El autor sostiene que el helenismo fue una especie de “globalización antigua”. Alejandría aparece como símbolo de esa civilización universal: una ciudad cosmopolita, intelectual, comercial y abierta al mundo. Pero también muestra el límite de ese proceso. La cultura helenística logró difundirse ampliamente, aunque no siempre fue una cultura viva. En muchos casos se transformó en una cultura de élites, de escribas, de museos, de bibliotecas y de formas heredadas. Se expandieron sus productos, sus estilos y sus instituciones, pero no necesariamente su espíritu creador.

Ahí está el punto más fuerte del artículo. Robertson distingue entre la difusión exterior de una cultura y la vida interior de una cultura. Una civilización globalizada no equivale, por sí sola, a una civilización viva. La expansión material, comercial o administrativa no garantiza una verdadera integración espiritual o cultural. Esta idea le permite cuestionar la globalización contemporánea: el hecho de que el mundo esté más conectado no significa que avance hacia una cultura más rica, más humana o más profunda.

El ensayo también contrapone dos formas de mirar la historia. Una es la visión de la Razón universal, según la cual la historia tendería hacia una unidad creciente, casi necesaria. La otra es la visión del destino, que acepta la pluralidad, la contingencia y la singularidad de las culturas. Para Robertson, la globalización actual suele presentarse como destino inevitable, pero esa lectura es discutible. La historia muestra que las civilizaciones globales también se fragmentan, envejecen, se provincializan o son absorbidas por nuevas formas culturales.

La conclusión del artículo es prudente y sugerente. La globalización contemporánea no sería simplemente el triunfo final de una razón universal, ni tampoco el fin de la historia. Sería más bien un proceso histórico abierto, comparable con otros momentos de expansión civilizatoria. La pregunta decisiva no es sólo si estamos ante una cultura global, sino si esa cultura globalizada conserva vida interior, creatividad y sentido. En ese marco, Robertson prefiere hablar de destino antes que de necesidad histórica: las culturas y los individuos no están obligados a seguir una sola trayectoria, sino que eligen, desde sus afinidades y circunstancias, entre varios caminos posibles.

Referencia:
Robertson Rodríguez, E. (1999). Globalización y destino. Contextos. Estudios de Humanidades y Ciencias Sociales, 4, 185-192.