Las Memorias del Bloqueo de Iquique de Jaime Puig y Verdaguer, fechada en Guayaquil, en septiembre de 1910, y recientemente publicada bajo el auspicio del Instituto de Conmemoración Histórica, recogen el testimonio de los sucesos en torno al  21 de mayo de 1879.  Su valor principal está en su mirada externa. Puig no escribe como chileno ni como peruano, sino como un observador español que presenció desde Iquique el bloqueo, la llegada del Huáscar y la Independencia, el combate entre el Huáscar y la Esmeralda, la persecución de la Covadonga y el desastre de la Independencia en Punta Gruesa. Esa condición de extranjero le permite admirar el heroísmo chileno sin dejar de reconocer el patriotismo de los marinos peruanos, rasgo destacado en el prólogo como una señal de ecuanimidad. Su testimonio tiene valor especial porque no habla desde Santiago ni desde Lima, sino desde Iquique mismo, como observador extranjero y testigo presencial.

Jaime Puig y Verdaguer nació en Vilasar, Barcelona, en 1852. Tras estudios interrumpidos por la muerte de su padre, viajó por Argentina, las Antillas, Chile y Ecuador. Estuvo en Iquique durante el bloqueo chileno y luego se vinculó estrechamente a Guayaquil. Fue banquero, periodista, historiador, literato y miembro de sociedades científicas y literarias. Defendió la causa española durante la guerra de Cuba, recibiendo condecoraciones. Entre sus obras destaca El Bloqueo de Iquique. También cultivó la pintura histórica. Murió en Panamá el 30 de abril de 1915.

El bloqueo

El punto de partida de su testimonio es el 5 de abril de 1879, cuando la escuadra chilena apareció frente a Iquique. Puig recuerda ese día como inolvidable. La ciudad estaba en plena preparación militar peruana. Se fortificaba la isla, se organizaban defensas y muchas familias chilenas y trabajadores salitreros abandonaban la zona. De pronto, la escuadra chilena entró al puerto con señales claras de guerra. Para Puig, la escena fue imponente: buques ordenados, banderas de combate, silencio naval y una población peruana sorprendida.

Ese mismo día, Arturo Prat desembarcó para notificar oficialmente el bloqueo. Puig lo vio de cerca y habló con él cuando Prat le preguntó por la Prefectura. Su descripción es significativa porque antecede al mito heroico: lo presenta como un oficial joven, elegante, sereno, cortés y dueño de una presencia que impresionaba incluso en territorio enemigo. Este recuerdo queda cargado de sentido retrospectivo, porque Puig sabe que ese mismo hombre morirá semanas después sobre la cubierta del Huáscar.  Dice de él: “Aquel marino a quien se había confiado tan arriesgada y delicada misión, era Arturo Prat… el oficial que venía a notificar el bloqueo, solo y sin más compañía que su sable de marino.”

Tras la declaración del bloqueo, Iquique cambió de vida. La población civil empezó a evacuar bienes, levantar refugios y trasladarse hacia zonas más seguras. Puig describe una ciudad sobresaltada, con comercio paralizado, precios abusivos por el transporte de muebles y mercancías, carpas improvisadas cerca del cementerio y temor permanente a los cañonazos. El bloqueo no era una abstracción militar. Era hambre, incertidumbre, rumores y una sensación de estar encerrados.

Los primeros disparos reforzaron ese clima. El 6 de abril la escuadra chilena cañoneó puntos considerados infractores del bloqueo, como una condensadora que echaba humo y un tren que salía hacia la pampa. En el relato de Puig, esos cañonazos no solo tuvieron valor militar. Fueron señales de que la guerra había entrado de lleno en la vida cotidiana de Iquique.

Luego vino una etapa de monotonía tensa. La ciudad quedó sometida al bloqueo. Faltaban alimentos frescos y los habitantes se acostumbraron a una vida limitada. Puig describe veladas en el Hotel Caballero, partidas de billar, conversaciones, noticias inciertas y una convivencia marcada por la espera. La guerra estaba presente, pero todavía no había llegado al clímax.

Un episodio importante antes del 21 de mayo fue la incursión nocturna del Huáscar el 14 de abril. El monitor peruano entró de noche, con las luces apagadas, y sorprendió a la escuadra chilena. Puig recuerda la escena como casi fantasmal: mar oscuro, botes silenciosos, voces bajas y luego fogonazos que iluminaban de golpe la bahía. Ese episodio explica por qué, después, la escuadra chilena adoptó la costumbre de retirarse de la rada por las noches para evitar nuevas sorpresas, dejando a la Esmeralda, la Covadonga y el Lamar a cargo del bloqueo.

21 de mayo de 1879

Así se llegó a la víspera del 21 de mayo. La situación parecía estabilizada, aunque se trataba de una estabilidad engañosa. Los buques chilenos seguían una rutina ya conocida por la población de Iquique: se alejaban durante la noche y regresaban al amanecer, mientras la ciudad incorporaba esa dinámica a la vida cotidiana bajo bloqueo. Por eso, cuando la mañana del 21 de mayo la escuadra chilena no apareció en la rada, Puig advirtió de inmediato que algo anormal estaba ocurriendo.  Aquella mañana la ciudad comprendió que se aproximaba un acontecimiento grave.

El ambiente inicial fue de incertidumbre. Se corrió el rumor de que la escuadra chilena había salido hacia el norte, quizá en busca de la escuadra peruana. Mientras tanto, Iquique despertaba lentamente, con calles húmedas por el relente y una población todavía adormecida. De pronto, la noticia se propagó con rapidez: en el horizonte aparecían dos humaredas. Eran el Huáscar y la Independencia. Para los habitantes de Iquique, aquello fue motivo de júbilo. Las voces celebraban la llegada de los buques peruanos, mientras desde el mar se acercaba el desenlace largamente esperado.

La reacción de los buques chilenos fue inmediata. El transporte Lamar huyó hacia el sur. La Covadonga salió a reconocer al enemigo y regresó junto a la Esmeralda. Entonces el Huáscar abrió fuego. Su primer disparo cayó entre la Esmeralda y la Covadonga. En ese momento, los combates se separaron. La Covadonga tomó rumbo al sur, bordeando la costa de Cavancha, y la Independencia salió en su persecución. La Esmeralda, en cambio, quedó frente al Huáscar en la bahía de Iquique.

Puig observó el combate desde el mirador de la Aduana. Desde allí vio a la Esmeralda acercarse a tierra, maniobra que interpreta como un intento de evitar los espolonazos del Huáscar buscando aguas de menor fondo. Esa decisión habría hecho dudar a Grau, quien temió la existencia de torpedos o minas. Durante un tiempo, el Huáscar evitó embestir y prefirió castigar a la corbeta chilena con su artillería. La Esmeralda respondió con sus cañones, aunque la desigualdad material era evidente: una vieja nave de madera combatía contra un monitor blindado.

La escena que Puig describe no es la de un combate equilibrado. Es la de una resistencia extrema. Los disparos del Huáscar comenzaron a causar daños crecientes en la Esmeralda. Desde tierra también se hizo fuego contra ella con una batería rodada, lo que aumentó la presión sobre el buque chileno. La corbeta intentó apartarse de ese fuego terrestre, pero al hacerlo quedó más expuesta al espolón del Huáscar. Para Puig, desde ese instante la tragedia tomó su curso definitivo.

Un momento clave fue la salida de Melitón Porras, capitán del puerto de Iquique, en un bote hacia el Huáscar. Bajo fuego y con riesgo evidente, Porras se acercó al monitor para informar a Grau que no había torpedos. Puig interpreta esa acción como decisiva: despejada la duda, el Huáscar quedó libre para embestir. Poco después, hacia el mediodía, el monitor lanzó su primer espolonazo contra la Esmeralda.

En ese choque se produjo el episodio central del relato: Arturo Prat saltó sobre la cubierta del Huáscar, espada en mano. Lo siguió el sargento Juan de Dios Aldea. Nadie más alcanzó a acompañarlos, porque el Huáscar se separó rápidamente. Puig afirma que Prat avanzó con decisión hacia la torre de mando y cayó muerto por un disparo en la frente. Aldea también fue abatido. La escena impresiona profundamente al relator, quien presenta el salto de Prat como un acto de valor absoluto, hecho frente a una derrota casi segura.

La Esmeralda no se rindió. Tras el primer espolonazo siguió disparando. El Huáscar tomó distancia y preparó una segunda embestida. Esta vez, Ignacio Serrano encabezó un nuevo intento de abordaje con un pequeño grupo de hombres. Lograron saltar al buque peruano, pero fueron muertos en la cubierta. Para Puig, esa segunda tentativa confirma el carácter desesperado y heroico de la resistencia chilena. La Esmeralda estaba cada vez más dañada, hacía agua y perdía hombres, pero su corneta seguía tocando ataque. Esa imagen se repite en su memoria como símbolo de una voluntad que no aceptaba la rendición.

El tercer espolonazo fue el final. El Huáscar volvió a embestir y disparó a corta distancia. La Esmeralda comenzó a hundirse de proa. Incluso entonces, según Puig, algunos sobrevivientes siguieron sirviendo los cañones. La cubierta se inclinó, las piezas se fueron sumergiendo y aún así se produjo un último disparo desde popa, acompañado por el grito de “¡Viva Chile!”. Después desaparecieron el casco, las banderas y los últimos restos visibles de la corbeta.

Tras el hundimiento, el tono del relato cambia. El entusiasmo de la población peruana contrasta con la emoción dolorosa de Puig. El Huáscar arrió sus botes y comenzó a recoger náufragos. El mar quedó cubierto de cuerpos y sobrevivientes. Puig contempla esa escena con compasión. Le impresiona el silencio posterior al combate, el contraste entre la gloria proclamada y la miseria humana del naufragio. A sus ojos, la Esmeralda no solo fue vencida. Murió sin rendirse.

Mientras eso ocurría en la bahía, al sur se desarrollaba el otro drama de la jornada. La Independencia perseguía a la Covadonga. Puig sostiene que Condell condujo su nave por aguas bajas, cerca de la costa, aprovechando su menor calado. La Independencia, al intentar acortar camino y embestirla en Punta Gruesa, chocó contra una roca y quedó varada. La alegría inicial de Iquique se transformó en desconcierto. El Perú había hundido la Esmeralda, pero perdía la Independencia, una de sus principales unidades navales.

La conclusión de Puig es doble. En lo moral, admira la resistencia de Prat, Serrano y la tripulación de la Esmeralda. En lo táctico, critica la conducción peruana. A su juicio, la Independencia no debió perseguir tan cerca de tierra a una goleta de menor calado. El Huáscar habría sido más apto para perseguir a la Covadonga, mientras la Independencia habría debido enfrentar a la Esmeralda desde una posición más segura. Así, para Puig, el 21 de mayo fue una jornada de gloria trágica para Chile y de victoria incompleta para el Perú, marcada por el heroísmo, el error táctico y una pérdida naval de enorme consecuencia.

Después del combate

Según Puig, lo ocurrido después del 21 de mayo de 1879 tuvo un tono ambiguo: primero vino el recogimiento por los muertos, luego una breve sensación de alivio en Iquique, después el regreso de la escuadra chilena y, finalmente, una nueva etapa de miedo bajo el bloqueo.

Tras el combate, la ciudad quedó marcada por la muerte de Prat, Serrano y los demás marinos de la Esmeralda. Puig relata el entierro con una emoción contenida. En el cementerio, mientras se cubrían las sepulturas con tierra caliente del desierto, los presentes guardaban silencio. No era un silencio indiferente, sino una especie de oración interior. Sobre las tumbas se pusieron cruces improvisadas con tablas de cajones. A Puig le correspondió escribir, con tinta negra y un pincel, una inscripción sencilla: “ARTURO PRAT / Mayo 21 de 1879”. Para él, desde ese momento los nombres de Prat y Serrano quedaron unidos para siempre a la historia de Chile.

Luego vinieron algunos días de calma extraña. El bloqueo, según Puig, parecía roto o al menos suspendido. El Huáscar entraba por las mañanas a la bahía “como un atleta dueño del circo”, tomaba víveres, recibía noticias y luego salía nuevamente al mar. Nadie sabía con certeza dónde estaba la escuadra chilena. En Iquique se vivía entre la monotonía, el cansancio y la expectativa. La guerra seguía presente, pero por unos días dejó de sentirse como amenaza inmediata.

En ese ambiente llegó a Iquique el presidente peruano Mariano Ignacio Prado. Según Puig, apareció un vapor desde el norte, el primero que visitaba la ciudad después de muchos días. Prado desembarcó hacia las diez de la mañana, recibido por una multitud ansiosa de noticias y de palabras oficiales. Hubo vítores, campanas, cornetas y cañonazos de saludo. Prado prometió a la población que todavía había que sufrir un poco, pero que la victoria del Perú sería completa. La gente lo aclamó con entusiasmo hasta el anochecer.

Pero esa esperanza duró poco. Prado debió partir de apuro al Callao. Después pasaron dos o tres días de incertidumbre, sin velas en el horizonte, sin humo a la distancia, sin víveres suficientes y sin socorro visible. Puig transmite bien esa sensación de abandono: Iquique volvía a quedar sola, sin saber si la escuadra chilena regresaría ni cuándo.

Al cuarto día apareció una humareda negra por el norte. Luego otra, y otra más. Eran el Lord Cochrane, el Blanco Encalada, el Abtao, la Magallanes y el Cousiño. Venían a restablecer el bloqueo. La imagen que más impresiona a Puig no es solo la llegada de los buques, sino el resto visible de la Esmeralda hundida: un mástil que sobresalía del agua y, adherido a él, un girón rojo de bandera mojada y deshilachada. Para Puig, ese pedazo de bandera parecía una despedida final de la corbeta hundida. Al amanecer siguiente, el girón había desaparecido bajo el mar, y la ciudad despertó otra vez bloqueada.

Desde entonces la vida en Iquique volvió a endurecerse. Las noches quedaron sometidas a vigilancia estricta. Las lanchas chilenas recorrían la costa con las luces apagadas y con orden de disparar contra cualquier embarcación sospechosa. Al mismo tiempo, el mando militar peruano instaló tropas en la ribera para impedir desembarcos. En consecuencia, la ciudad quedó atrapada entre dos sistemas de vigilancia: desde el mar, los chilenos; desde tierra, los defensores peruanos.

El episodio más dramático posterior fue la noche del 16 de julio, que Puig llama “la noche terrible”. Después de cenar y jugar billar, caminaba hacia su carpa cuando oyó disparos. Las calles estaban oscuras y vacías. Las casas permanecían cerradas. La tensión nocturna era absoluta. Primero escuchó tiros aislados; luego una descarga cerrada. Él y sus acompañantes apuraron el paso casi corriendo hacia la zona de las carpas. La ciudad entraba nuevamente en pánico.

Durante ese bombardeo, un proyectil abrió un gran boquete en un edificio donde estaban prisioneros los náufragos de la Esmeralda. Puig subraya el azar tremendo: si el impacto hubiera caído un poco más arriba, habría matado a muchos de esos hombres, que ya se habían salvado del hundimiento del 21 de mayo. A la mañana siguiente, una multitud enfurecida pidió la muerte de esos prisioneros. La situación se volvió peligrosa. Hubo que reforzar la guardia, y el cabo Medrano tuvo un papel decisivo para contener a la plebe. Puig lo presenta, en ese momento, como un hombre que actuó con humanidad y valor frente a una masa fuera de control.

El relato propiamente testimonial de Puig termina con el entierro y la apoteosis del cabo peruano Juan Vázquez, muerto en el bombardeo. Es decir, no termina con Prat ni con el hundimiento de la Esmeralda, sino con una escena peruana de duelo patriótico.

Puig describe el funeral de Vázquez como una ceremonia solemne, con música militar, oficiales, jóvenes y discursos encendidos. La multitud acompaña el cortejo hacia el cementerio, ya al caer la tarde. La escena final es melancólica: la gente vuelve dispersa por la pampa, en medio de sombras, polvo y un horizonte anaranjado. Entonces Puig corta su testimonio directo con una frase decisiva: “Después no vi más”. Lo que ocurrió luego, dice, lo conoció desde España, leyendo el diario Las Noticias cada mañana.