En octubre y noviembre de 1916, la Sociedad Chilena de Historia y Geografía organizó dos solemnes actos en la Biblioteca Nacional de Santiago para honrar a dos figuras centrales de la historia antártica: el explorador británico Sir Ernest Shackleton y el piloto chileno Luis Pardo Villalón. El primer evento formalizó la entrega de la medalla de oro y el nombramiento de Shackleton como miembro correspondiente de la Sociedad, reconociendo su destacada carrera como explorador polar, culminada en la heroica Expedición Imperial Transantártica. El discurso central, a cargo de don Alberto Edwards, trazó una exhaustiva cronología de la exploración antártica, situando las hazañas de Shackleton como el pináculo de la perseverancia humana frente a una naturaleza implacable.

El segundo acto rindió homenaje al Piloto Pardo, comandante del escampavía Yelcho, con la entrega de una medalla de oro por el exitoso y audaz rescate de la tripulación de Shackleton, varada en la Isla Elefante. Los discursos de Montessus de Ballore, del propio Piloto Pardo y de Carlos Silva Cotapos, subrayaron temas de deber, humildad y heroísmo. Se destacó que el rescate no solo fue una obra humanitaria, sino también un hito para la Marina de Chile, inscribiendo el nombre de la nación en la historia de la exploración polar y demostrando la capacidad y valentía de sus marinos. Ambos eventos, en conjunto, celebran el espíritu de la exploración científica, el valor frente a la adversidad extrema y la solidaridad internacional.

Homenaje a Sir Ernest Shackleton (2 de Octubre de 1916)

La Sociedad Chilena de Historia y Geografía organizó una solemne ceremonia para entregar a Sir Ernest Shackleton la medalla de oro y  los documentos que lo acreditaban como miembro correspondiente de la institución. El evento tuvo lugar en un salón colmado de la Biblioteca Nacional. La Mesa de Honor estuvo compuesta por Sir Ernest Shackleton, el Ministro de Inglaterra, el señor Montessus de Ballore (Presidente de la Sección de Geografía), don Alberto Edwards y don Carlos Vicuña Mackenna.

Discurso de Don Alberto Edwards

Don Alberto Edwards, en nombre de la Sociedad, ofreció la manifestación con un discurso que enmarcó a Shackleton como “un ejemplo admirable de abnegación, energía y sacrificio”. Su alocución fue un detallado recorrido histórico por la conquista de la Antártida, destacando las contribuciones de Shackleton en este contexto.

A. Hitos Históricos de la Exploración Antártica

Edwards estructuró su discurso como una crónica de la exploración polar, presentando a Shackleton como el heredero de una larga tradición de audacia humana, que se inicia a fines del siglo XVIII, por el Capitán James Cook al mando de una expedición británica entre 1772 y 1773.  Cook fue el primero en cruzar el Círculo Polar Antártico y en explorar la Isla Georgia del Sur, abriendo definitivamente el camino hacia las regiones australes más desconocidas. Décadas más tarde, en 1819, el también británico William Smith descubrió el archipiélago de las Shetland del Sur, incluida la Isla Elefante, ampliando de forma decisiva el mapa de aquellas latitudes. A partir de ese mismo año, numerosos balleneros y loberos, principalmente norteamericanos, comenzaron a frecuentar la zona; sus relatos y observaciones, aunque imperfectos, aportaron información geográfica valiosa para comprender mejor la región.

En paralelo, en 1819 la expedición rusa del capitán Bellingshausen se convirtió en la primera gran empresa científica en seguir los pasos de Cook, logrando, entre otros hitos, el descubrimiento de la tierra de Alejandro I. Más adelante, en 1831, el capitán Biscoe, al servicio de la casa naviera británica de los hermanos Enderby, descubrió nuevas tierras que probablemente forman parte del continente antártico. Entre 1838 y 1840, la expedición francesa dirigida por Dumont d’Urville reconoció la tierra de Luis Felipe y descubrió la tierra de Adelia, consolidando la presencia francesa en la historia de la exploración polar. Casi en paralelo, desde 1839, la expedición norteamericana comandada por Charles Wilckes completó los hallazgos de Biscoe y d’Urville, bautizando el litoral de la llamada tierra de Wilkes. En esos mismos años, entre 1839 y 1843, el británico James Ross, al mando de los buques Erebus y Terror, exploró la tierra Victoria y el Mar de Ross, que se convertirían más tarde en puntos de partida para muchas expediciones posteriores. Ya hacia el final del siglo XIX, en 1898, el belga Adrien de Gerlach marcó un nuevo capítulo al realizar la primera invernada antártica, demostrando que era posible permanecer y trabajar científicamente en aquellas condiciones extremas durante todo un año.

  1. La Nueva Era de la Exploración Terrestre y el Rol de Shackleton

Edwards marcó el inicio del siglo XX como un nuevo período donde los exploradores abandonaron sus buques para penetrar en el interior del continente.

La expedición Discovery (1901-1903), al mando del comandante Robert F. Scott, inauguró la era de las grandes expediciones terrestres en la Antártica. Entre sus oficiales iba un joven teniente llamado Ernest Shackleton, que acompañó a Scott en la primera gran excursión sobre el mar helado. Juntos avanzaron durante semanas hacia el interior, hasta descubrir la tierra de Eduardo VII y alcanzar, tras 59 días de marcha, un punto situado a 380 millas de su buque. El regreso fue una verdadera hazaña: agotados, enfermos y al límite de sus fuerzas, lograron volver al Discovery. Shackleton, particularmente afectado en su salud, mostró sin embargo una “indomable energía”, pero la enfermedad terminó obligándolo a regresar a Inglaterra antes de que la expedición concluyera.

Pocos años después, Shackleton decidido a volver al sur bajo sus propias condiciones, organizó la Expedición Nimrod (1907-1909), financiada por su cuenta y riesgo, con un objetivo explícito y ambicioso: alcanzar el Polo Sur. La expedición invernó en el estrecho de McMurdo y logró la primera ascensión al Monte Erebus, de 4.075 metros, desde cuya cumbre realizaron importantes observaciones científicas. El 3 de noviembre de 1908, Shackleton partió hacia el Polo junto a Adams, Marshall y Wild. Los cuatro se internaron en la meseta enfrentando dificultades extremas: la muerte de sus poneys, raciones reducidas al mínimo y temperaturas de hasta 31 grados bajo cero, azotados por vientos terribles. En su diario, Shackleton dejó testimonio de esa lucha suprema contra el frío, el cansancio y el hambre, en la que cada kilómetro arrancado al hielo parecía una victoria sobre el propio cuerpo. Finalmente, el 9 de enero de 1909 alcanzaron la latitud 88° 23′ Sur, quedando a solo 180 kilómetros del Polo, el punto más austral alcanzado por el ser humano hasta entonces. Allí plantaron la bandera británica y tomaron posesión simbólica de la meseta en nombre del rey, antes de emprender el penoso retorno.

Su proyecto más audaz sería la Expedición Imperial Transantártica (1914-1916), concebida para atravesar el continente de mar a mar. El Endurance zarpó de Buenos Aires en octubre de 1914 y, en enero de 1915, quedó atrapado en los hielos del Mar de Weddell. Tras pasar un invierno entero aprisionados, el 25 de octubre el buque fue finalmente aplastado por la presión del hielo, obligando a Shackleton y sus hombres a acampar sobre un témpano a la deriva. Durante casi seis meses, los 28 náufragos flotaron hacia el norte, sobreviviendo con provisiones escasas y la caza de focas y pingüinos. El 16 de abril de 1916 lograron por fin desembarcar en la desolada Isla Elefante, una franja de roca y hielo perdida en el océano austral. Desde allí, Shackleton tomó su decisión más arriesgada: junto a cinco compañeros se embarcó en un pequeño bote de seis metros para recorrer unas 750 millas a través de algunos de los mares más tempestuosos del mundo hasta la Isla Georgia del Sur. Tras alcanzar la isla, aún debieron cruzar a pie sus montañas para llegar a la estación ballenera. Desde ese punto, Shackleton se dedicó a organizar el rescate. Después de varios intentos fallidos desde Georgia del Sur, Montevideo y Punta Arenas, consiguió finalmente salvar a todos sus hombres a bordo del escampavía Yelcho de la Armada de Chile, coronando así una de las gestas de supervivencia más notables en la historia de la exploración polar.

Edwards concluyó su discurso afirmando que el “breve y descarnado relato” de sus hazañas era el homenaje más digno para el ilustre explorador.

Homenaje al Piloto Luis Pardo Villalón (5 de Noviembre de 1916)

Un mes después, la Sociedad celebró una segunda ceremonia para honrar al Piloto Luis Pardo, a quien se le entregó la medalla de oro de la institución por su rol en el rescate de la expedición Shackleton. El acto fue presidido por don Carlos Vicuña Mackenna.

Discurso de Montessus de Ballore

El Presidente de la Sección de Geografía ofreció la medalla, destacando el carácter excepcional de la distinción.

En su discurso, destacó que la medalla, tradicionalmente reservada para obras intelectuales de gabinete, como las de Errázuriz, Medina o Bulnes, se otorgaba por primera vez a “hazañas marítimas” y a “héroes”. Subrayó así el contraste entre la “vida de todo descanso” de los eruditos y la existencia de “peligro diario” que afrontan exploradores y marinos.

Elogió en particular a la tripulación del *Yelcho*, que se internó conscientemente en los mares antárticos, enfrentando “neblinas espesas y prolongadas, témpanos gigantescos, nieves intransitables, fríos espantosos, en fin, huracanes deshechos”, movida por el sentido del deber y la disciplina para salvar a los marineros ingleses. Concluyó afirmando que la medalla quedaría como testimonio para las generaciones futuras del heroísmo de aquella expedición salvadora.

Discurso del Piloto Pardo

Con gran humildad, el Piloto Pardo agradeció la manifestación.  En su intervención, afirmó que había iniciado el viaje “sin reparar en la calidad de la empresa, sino en el fin humanitario que se perseguía”, y que, en ese sentido, no se consideraba acreedor de elogios especiales: a su juicio, no había hecho más que cumplir con su deber, como marino y como chileno.

Reconoció que se sentía “anonadado ante tanto esplendor”, pero insistió en que el honor no correspondía a su modesta persona, sino que “pertenecía por entero a la Marina de Chile”. Aceptaba la medalla, explicó, como un homenaje a la institución a la que servía. Cerró sus palabras con un gesto de humildad, ofreciendo su afecto y gratitud, pidiendo perdón por la sencillez de su discurso y asegurando que en cada una de sus frases “germina una lágrima y palpita un sentimiento de gratitud”.

Discurso de Don Carlos Silva Cotapos

El señor Silva Cotapos realizó un elocuente elogio al festejado, enmarcando su hazaña en un contexto filosófico y patriótico.

En su discurso, comenzó reflexionando sobre la “sed insaciable de saber” como fuerza que impulsa la exploración, esa necesidad de conocimiento que lleva a los hombres de ciencia, como Shackleton, a realizar actos heroicos y a convertirse, a veces, en verdaderos “mártires de la ciencia”. Desde ahí enlazó con la decisión que debió tomar el almirantazgo chileno: “¿Era lícito exponer la vida de nuestros marinos en un salvamento que aparecía muy problemático?”. Según explicó, la respuesta no vino solo de cálculos fríos, sino de un “generoso impulso del corazón” que terminó imponiéndose sobre los temores racionales.

Destacó entonces la figura de Luis Pardo, quien respondió al llamado “sin vacilar”, arrastrando con su propio ejemplo a la tripulación que él mismo había escogido. A partir de ello, se detuvo a pensar en la posición geográfica de Chile, “una espada cuya punta amaga al polo Sur”, y en la aparente negligencia del país frente a la exploración polar, indulgentemente explicada por la juventud de la nación. Cerró señalando que el piloto Pardo y la dotación del Yelcho habían escrito “una página honrosa para nuestro Chile y su gloriosa marina”, ganándose la gratitud de naciones como Inglaterra y el orgullo de todo el país, no por hechos de guerra, sino por haber salvado vidas en nombre de la ciencia y de la humanidad.

Sociedad Chilena de Historia y Geografía. (1916). Manifestaciones en honor de Shackleton y Pardo. Revista Chilena de Historia y Geografía, 24, 194–221.

https://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/MC0067778.pdf