3 DE MAYO: HISTORIA DEL SEÑOR DE RENCA

Urbano J Nuñez, 1954

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Y en esa tierra encantadora ocurre un día el portento que conmueve todos los corazones. Para narrarlo, nada mejor que las palabras de su único cronista, el P. Alonso de Ovalle quien en su admirable libro ‘Histórica relación del Reino de Chile”, publicado en Roma en 1646, anota estas ricas noticias sobre el Cristo que después seria el Divino Señor de Renca:

‘Demos ya fin a esta materia con el prodigioso árbol que el año de treinta y seis (1636) se halló en el valle de Limache, juisdicción de Santiago de Chile, en uno de aquellos bosques donde le corto un indio, entre otros que fue a cortar para hacer maderas para cubrir las casas. Nació y creció este árbol en la fama y figura que aquí diré puntualmente, como lo he visto y observado con tanta atención. Cuando se cortó este árbol, seria del tamaño de un bien proporcionado y hermoso laurel, en el que se ve, a proporcionada distancia del nacimiento de la tierra, corno a dos estados de altura, atravesada al tronco una rama o ramas, que forman con él una perfectísima cruz. Dije rama o ramas, porque en realidad de verdad, jamás pude discemir, -aunque lo miré con todo el cuidado y atención que pude-, si eran una o dos. La razón natural inclinaba a que fuesen dos que, naciendo una de un lado y otra de otro, pudiesen hacer los brazos de esta Cruz; y éste parece que era el modo más connatural de formarse esta figura, pero no es así, por que no se ve sino una rama que atraviesa derecha por encima del tronco pegada a él y sobrepuesta, como si artificiosamente se le hubiera encajado, de manera que parecen estos bazos de la Cruz hechos a posta de otro leño y pegadas a este tronco.

Hasta aquí la cruz, que bastara ella sola a causar admiración en los que la ven. Pero no para aquí la maravilla, por que hay otra mayor y es que, sobre esta cruz así formada, se ve un bulto de un Crucifijo del mismo árbol, del grueso y tamaño de un hombre perfecto, en el cual se ven clara y distintamente los brazos, que aunque unidos con los de La Cruz, se revelan sobe ellos, como si fueran hechos de media talla. El pecho y costados formados de la misma suerte sobre el tronco, con distinción de las costillas, que casi se pueden contar, y los huecos de debajo de los brazos como si un escultor los hubiera formado, y de esta manera prosigue el cuerpo hasta la cintura…

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